En algún lugar bajo el arcoíris el mundo es maravilloso

cataratas victoria arco iris
Somewhere over the rainbow
Way up high
And the dreams that you dreamed of
Once in a lullaby
Somewhere over the rainbow
Blue birds fly
And the dreams that you dreamed of
Dreams really do come true ooh oh
Someday I’ll wish upon a star
Wake up where the clouds are far behind me
Where trouble melts like lemon drops
High above the chimney top
That’s where you’ll find me

Israel Kamakawiwo’ole estaba equivocado. El lugar que buscaba sobre el arcoíris no se encontraba sobre el mismo, estaba debajo. Un lugar mágico, maravilloso, lleno de paz, de amor, de alegría y con una chispa refrescante que te recuerda que estás vivo. Muy vivo para sentir una y otra vez esas sensaciones que te proporciona viajar. Un lugar que nos regala la naturaleza en la frontera de Zambia y Zimbabwe. Ese lugar son las cataratas Victoria.

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Una brecha del planeta en la que emana el agua a borbotones. Una bella cicatriz imposible de cerrar y que produce un placentero dolor en tus ojos y un regocijo en tu alma. Una creación de la tierra donde tus problemas desaparecen y un gesto se vuelve incontrolable: la sonrisa.

Muy vivo para sentir una y otra vez esas sensaciones que te proporciona viajar.

Un paseo junto al serpenteante camino que custodiaba una de las mayores fuentes de agua del mundo era suficiente para agradecer un nuevo viaje en nuestra historia. La decena de miradores que recorrían las Cataratas Victoria servían para enamorarte de la sinuosa madre natural que daba de beber a la vegetación africana.

Una bella cicatriz imposible de cerrar y que produce un placentero dolor en tus ojos y un regocijo en tu alma.

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Un paseo de invierno bajo un cálido sol iluminó el medio caudal de una de las cataratas más famosas. Las cascadas estaban a medio gas y eso suponía una agradable manta de gotitas de agua que flotaban como hadas mágicas sobre nuestras cabezas. Y que mojaba, ¡vaya si mojaba! Lejos de parecer desagradable, debía ser algo parecido al maná de los dioses. Caricias caprichosas que te calaban el alma y ponían en contacto directo a tu ser con la más salvaje vida natural.

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Allí estaba yo, cual Dorothy en el Mago de Oz, pero sin preguntarme qué habría sobre el arcoíris porque lo que estaba viendo debajo me dejaba sin palabras. No había camino de baldosas amarillas, pero sí uno de piedra que te conducía hacia el paraíso, bajo dos enormes y circulares arcoíris arropados por una manta de agua que se mecía al ritmo de la incesante corriente adyacente. Un verdadero sendero de quietud y felicidad que regaba tu espíritu y colmaba la sed viajera. La perfecta felicidad bajo 7 y mil colores debajo de los arcoíris.

Un verdadero sendero de quietud y felicidad que regaba tu espíritu y colmaba la sed viajera.

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Muchas veces he reflexionado sobre qué era la felicidad y muchas otras me he encontrado siendo feliz sin buscarlo. Sin pensarlo, sin querer. Ser feliz así sin más. De repente, sin esperarlo. El pecho aumenta su capacidad para poder llenarse de todos los sentimientos positivos y te cuesta hasta expresar con palabras cómo estás. Sonreír, mirar, oír, tocar, llorar, besar. Todo es más fácil que hablar en esos momentos. Momentos que te piden a gritos que te pares a disfrutarlos. Ser espectador de tu propia felicidad y actor protagonista de la misma es una sensación impagable, irrepetible y única.

Momentos que te piden a gritos que te pares a disfrutarlos

Y eso me pasó cuando estuve debajo del arcoíris. Cuando me empapaba bajo las incesantes gotas que se desprendían por la constante corriente de las Cataratas Victorias fui feliz. Me maravillaba con la inmensidad en derredor pero el mayor sentimiento que invadía mi estómago era el de felicidad. Las emociones se agolpaban en mi garganta y, juguetonas, luchaban por salir de alguna manera. Sentí unas ganas irrefrenables de reír, de correr, de gritar, de abrazar, de besar. ¿Y sabéis qué? Lo hice todo. Todo era posible debajo del arcoíris.

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