Explorando Rusia: Moscú

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Viajé a Rusia en el año 2007 con la inexperiencia de una joven viajera. Por aquel entonces, los viajes low cost eran inexistentes y las mejores posibilidades para conocer dos de las ciudades fundamentales del país pasaba por visitar una agencia de viajes. La misma nos proporcionaba avión de ida a Moscú y vuelta a San Petersburgo, así como traslados, alojamiento y un camarote en el transiberiano por un precio que se adecuaba bastante a nuestras posibilidades y que, visto desde la experiencia de los viajes organizados por cuenta propia, salió hasta económico.

De mi viaje a Rusia me arrepiento de varias cosas: de no haberme hecho un diario de viaje (o no existir el mundo blog en su defecto), de que no hubiese llegado a mi vida la D80 todavía y de no haberle tirado la patata rellena a su dueña. Eso lo explicaré luego.

Pero sobre todo es lo de la cámara. Después de haber subido al blog mis últimos viajes y ahora rescatar las fotos de Moscú y San Petersburgo, me doy cuenta que no hay color. Y esa es mi gran pena porque Rusia ha sido sin duda uno de mis viajes preferidos, y Moscú esa gran sorpresa.

Aterrizados en la ciudad cargados de ilusión por adentrarnos en ese país que es casi un mundo. Por el terreno que ocupa en el globo terráqueo y porque sería lo más diferente que conocíamos hasta ahora. Dejamos las cosas en el hotel y nos aventuramos a nuestro primer paseo al atardecer de la ciudad roja.

Mi guía en particular y mi novio en general, se encargó de estudiar las dos ciudades en la que estaríamos al milímetro, para aprovechar al máximo nuestro tiempo. Lo primero que hicimos fue entrar en el primer museo, el metro. El subterráneo de Moscú es una de los lugares más bellos de la ciudad. Sus obras de arte, techos abovedados, paredes con artificios y empinadas escaleras hace que te olvides que vas a subirte a un transporte público, parece que estás entrando en un verdadero palacio. Nada que ver con su hermano de San Petersburgo, pero eso lo describiré más adelante.

Memorial al soldado desconocido

Memorial al soldado desconocido

Después de adivinar en la parada que nos teníamos que bajar, salimos al exterior buscando un cartel de una calle, para situarnos en el mapa que nos proporcionaba la guía. Y llegó la sorpresa número uno: las calles estaban el cirílico (su alfabeto) y que evidentemente no entendíamos. ¿Y ahora cómo hacer para interpretar su alfabeto y entender lo que decía para localizarlo en el mapa? Buscando transcripciones lo hicimos. Es más, acabé leyendo con su alfabeto sin tener que mirar la chuleta.

Una vez centrados nos encaminamos directos a la Plaza Roja. ¡Cómo no! Estaba impaciente por ver el Kremlin y la archiconocida Catedral de San Basilio. La plaza es simplemente maravillosa, maganánima, impactante. Te permite imaginarte esos discursos de Lennin ante millones de rusos, regresas al pasado y recuerdas los desfiles con cientos de banderas comunistas sobre un montón de soldados haciendo filas. Es tan grande, que la colorida Catedral de San Basilio se hace pequeña en detrimento de las enormes dimensiones de la plaza. Ahora se entiende, como cada 9 de mayo podían entrar los tanques para celebrar la victoria rusa sobre la Alemania nazi.

La Plaza Roja

La Plaza Roja

Museo estatal de la historia rusa

Museo estatal de la historia rusa

En la Plaza Roja se encuentra también el mausoleo de Lennin, al que debes entrar y no pararte ante el cuerpo, ni reírte, ni siquiera gesticular. Los rusos mantienen un enorme respeto por el fallecido político. Yo que no soy muy proclive a ver a cadáveres (llamadme sensible) me atreví a ver al ídolo. La verdad es que no “da cosita” ni nada, más bien recuerda a los muñecos de cera del museo de Madrid, pero bien hechos.

Mausoleo de Lennin

Mausoleo de Lennin

Junto a la Plaza se encuentran todo tipo de souvenires en puestos y humanos. Digo humanos porque te puedes hacer una foto con Lennin y Stalin si quieres. Sí, yo tengo una, lo confieso.

La ciudad de Moscú es gigante, no había visto nada igual hasta el momento. Y de hecho después de viajar ya bastante, creo que es una de las más grandes que he conocido. Y como somos así, nos la pateamos en su mayor parte. Tanto, que mi tendón de Aquiles dijo: aquí te abandono. Y empecé a tener una tendinitis de caballo que se transformó en un bulto dolorosísimo en la parte posterior de mi pie. Pero como a Rusia solo se viaja una vez en la vida (como a la mayoría de los lugares lejanos, no por desidia, sino por la gran variedad de sitios que visitar) continúe como una espartana, andando el resto del viaje. Mientras andaba la cosa iba bien, el problema era parar y arrancar… Pero la ciudad merecía el esfuerzo (y el riesgo de poder partirme el tendón, aunque eso yo no lo sabía).

Moscú es una ciudad industrial por naturaleza. Stalin dejó su huella inevitable, con las grandes construcciones que decoran con rudeza la ciudad. Enormes bloques de cemento que harían que Moscú fuese reconocida en todo el mundo. Desde la estación de Stalingrado, se obtienen las mejores vistas de un conjunto de edificios encargados por Stalin. Lo que no sabíamos es que es uno de los lugares más peligrosos de la ciudad. Aunque lo reconocimos al instante. Al salir del metro un montón de indigentes, yonkis y gente con “mu mala pinta” asolaban la plaza. Eso sí, las vistas increíbles. Lo de la peligrosidad lo leímos luego de casualidad, o lo vimos a nuestra llegada a España, ya no recuerdo bien.

Edificio stalinista

Edificio stalinista

La ciudad merece un traquilo recorrido por sus calles, sus peculiares edificios, sus basílicas ortodoxas… Son muchas las cosas que tienen que ver. Y una de las que más me sorprendió fue la gastronomía.

Moscú

Moscú

No iba yo a Moscú con intención de disfrutar de su comida, pero al final disfruto de su gastronomía una vez al año mínimo, en un conocido restaurante de Madrid. La sopa borsh (una sopa hecha a base de remolacha, carne, patata y salsa agria), los blinis y solomillo strogonoff son delicatesen que harán que palpiten tus papilas. Otra de las cosas que no podía dejar de comer fueron las patatas rellenas. Y ahí llegó mi aventura y contacto con la madre Rusia, que me quiso dejar bien claro que los turistas no molamos.

Moscú

Un puesto en Moscú

Todo tuvo lugar en los entornos de la universidad de Moscú, situada en lo alto de la ciudad entre un montón de verde. Un poblado parque que ofrecía buenas vistas, pero al que llegabas exhausto. El hambre hizo mella en mi estómago y me dirigí a un puesto de patatas rellenas a pedir una. Como no sabía decir los nombres de las mismas, invité a la amable dependienta (una mujer rusa de unos 50 años) a asomar la cabeza fuera de su puesto para que pudiera indicarle con mi delgado dedito una foto. La rusa hizo caso omiso y debió decir algo como “siguiente” (en medio de lo que viene siendo un despotrique en toda regla). Le pregunté amablemente si sabía inglés, que le describiría lo que quería a lo que me contestó “dakgavk fdfaifhoaid ajaifiaf” y señaló a la chica de detrás, que por cierto estaba flipando. Me di la vuelta y le dije a la joven si hablaba inglés a lo que me contestó que sí, y le pedí que por favor le dijese lo que quería. La chica accedió y la trabajadora me puso el pedido de mala gana. Me dio la patata y yo pagué rigurosamente mis deudas. Le dije un “spasiva” (gracias) y ella me respondió con la frase más amable que sabía en inglés “Italian go home”. Mi cara debió ser un poema, creo haber sido poseída por satanás en ese momento. No sé qué le diría en mi idioma natal, pero creo recordar que nada tenía que ver con piropos.

Moscú

Puesta de sol en Moscú

Una guía que conocimos en la ciudad ya nos había advertido. “Si tenéis que preguntar algo a algún ruso por la calle, el primero al que paréis se irá corriendo, el segundo también, el tercero seguramente, pero igual tendréis suerte con que el cuarto os resuelva con desconfianza vuestras dudas”. Está claro que el pueblo ruso no está acostumbrado, o no quiere acostumbrarse al turismo, pero si quieren aprender inglés, podría ser algo diferente a mandarte a tu casa.

Moscú se ha encaramado a una de mis ciudades preferidas sin duda. Si tuviese diez vidas por delante seguro que repetiría. Adoro su comida, su riqueza cultural, su arquitectura, pero su hospitalidad deja mucho que desear.

Moscú

Moscú

A Rusia llegamos a finales de mayo, para asegurarnos una temperatura estable. Los dos primeros días llevé las piernas al aire… pero de repente llegó su incesante amigo: el frío. El último día que estuvimos en la ciudad la rasca era palpable. Nos subimos al transiberiano para dirigirnos a nuestro siguiente parada: San Petersburgo. Reservamos un camarote entero para cuatro personas, porque no queríamos estar pendientes de nuestras maletas al compartir estancia y poder dormir a gusto. Cosa que no conseguiríamos del todo por el traqueteo del tren y por las celebraciones que había en el tren. Había ganado la Europa League el Zenit, equipo de San Petersburgo y el vodka corría a diestro y siniestro…

La nieve cayó durante el camino hasta que nos bajamos del tren en una gélida ciudad…

Puntuación

8 Transporte

2 Relaciones sociales

10 Arquitectura

10 Paisajes

10 Gastronomía

Nota media del viaje

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