Deshumanización en el transporte público

metroNo acostumbro a ir en transporte público por razones que sobran explicar, pero cada vez que lo hago me quemo por dentro. Muchos diréis ¿por quéeeee? Si el viajar en metro/bus es maravilloso, es una sensación cercana al éxtasis (al de Santa Teresa, no al subidón de la Fabrik). Pues bien, a parte de la aventura que supone adentrarse en el nuevo mundo creado bajo nuestros pies en la capital, hay una cosa en especial que me enerva.

No son los lustros que pasan entre la llegada de cada metro. No es el perfume tan especial que desprende cada vagón, cada uno diferente pero con una nauseabunda coincidencia. Tampoco es por el riñón que hay que empeñar si cometes la locura de viajar más de 5 paradas. Lo que hace que mis tripas se revuelvan hasta límites insospechados son los desaprensivos sentados en un asiento reservado que, emulando a  “Alguién voló sobre el nido del cuco”, se hacen los locos cuando un anciano, embarazada o necesitado entra al vagón.

cuco

Todos queremos ir cómodos, está claro. Sobre todo cuando tienes muchas paradas por delante y vas cargado con algún tomo de enciclopedia (véase cualquier libro de la saga Canción de Hielo y Fuego, o Los Pilares de la Tierra), pero eso no te exime de la humanidad con que se supone nos han engendrado. Por ello, para asegurar tu plaza sentada en el transporte, mejor fijarse que no estás utilizando un asiento reservado, porque si no has de ceder tu plaza a quien lo necesita. Todos estaremos diciendo, claaaaro, es así, incluso deberíamos ceder nuestra plaza (no reservada) si se diera el caso de más necesitados que plazas existen.

asiento reservadoPero la realidad es la siguiente. Entras en el metro, buscas un asiento libre (de personas y de pegatina de asiento reservado). Más tarde llega el listillo de turno que se sienta en el asiento reservado. Entra un anciano y el aguililla comienza a leer como si tuviese 10 dioptrías en cada ojo. Se concentra como si estuviese leyendo una fórmula de la eterna juventud. Y claro, su campo de visión está tan sumamente reducido que en él no entra el pobre anciano. Y tú, que estás leyendo el capítulo sobre Tyrion que tanto te apetecía, te fuerzas a ofrecer tu asiento al anciano. Pero como los ancianos vallekanos están hechos de otra pasta te dicen: “no te molestes muchacha, si voy muy bien de pie” “Que de verdad, no me quiero sentar!” Y entonces das las gracias mentalmente a todos los dioses que conoces (Odín, Thor, Alá, Quentin Tarantino…) por poder seguir leyendo tranquilamente Danza de Dragones, mientras maldices con tu mirada al listillo de enfrente. Por cierto, a parte de ciego es sordo, porque ni se ha inmutado cuando has ofrecido el asiento al anciano.

Prueba número dos, el listillo está hecho de puro acero, frío como el hielo, ni una tripa de 9 meses le hacen recapacitar sobre su esencia de “huevón”. Llegas a pensar si le ha dado un “parraque” y el “rigor mortis” no le deja moverse, porque si no, no encuentras explicación a su falta de humanidad. Haces la prueba de fuego y dejas que pase una parada. La embarazada no dice ni mú (cosa que tampoco entiendo, debería asfixiarlo con su enorme bombo) y el intrépido ocupante de plaza reservada sigue cual David de Miguel Ángel pero en feo. Y de repente se obra el milago: Oh! sorpresa! se levanta! No das crédito, te frotas los ojos emborronándote de máscara de pestañas, pero como siempre, no es todo lo que parece. El águililla de suburbano había llegado a su parada y se levanta para dirigirse a la puerta. La embarazada suspira con cara de pocos amigos y se sienta en el asiento que le corresponde. Por tu mente se pasan varios improperios, llegando a desear que introduzca el pie entre coche y andén y se parta la tibia, a ver si otro de su calaña no le cede el sitio durante los dos meses de escayola.

Seguro que a esta nueva raza de infrahumanos os las habéis encontrado alguna vez, sus técnicas de despiste son innumerables. Hacerse el dormido, escuchar música mirando al lado contrario, mirarse los padrastros como si fuera la primera vez que viesen una uña… Esta raza a erradicar molesta a cualquier viajero: tanto a los que tienen su plaza asegurada en ese asiento reservado, como al resto que pensamos por qué me tengo que levantar yo de mi asiento común, mientras ese subnormal sigue ahí sentado.

Por ello, cuando entréis en el metro mirad con desconfianza al que se sienta en esos asientos. Son peligrosos y se reproducen con facilidad. Si conocéis a alguno, no dudéis en denunciarlo ante las Autoridades Sanitarias, hay que frenar esta plaga.

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