Chamberí, leyenda subterránea

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Cartel original de la Estación de Chamberí

Nunca he sido una persona a la que le gustase flotar sobre la superficie. Siempre he preferido profundizar en el interior y arañar las entrañas hasta descubrir su verdadero yo. El misterio de lo que no asoma ante nuestros ojos, hace que la vida sea menos simple, sencillamente más interesante.

Madrid es así, ensordecedoramente bella en su fachada y auténtica en sus recónditos rincones. Madrid es el centro de la Península, es el corazón de una tierra de pasiones que late con fuerza llamando a la vida. Madrid es tierra de historia, de arte, de arquitectura y de… leyenda.

Un lugar que podría escribir un buen guión para Alejandro Amenábar, por el número de mitos que sobre ella se forjaron, es la estación fantasma de Chamberí. Este quimérico nombre se debe a la oscuridad que se cernió sobre ella durante muchos años y que ahora se ilumina con las luces originales de la que fue una de las primeras estaciones del Metro de Madrid.

La estación de Metro de Chamberí es hoy un museo subterráneo gratuito que abre al público los viernes, sábados, domingos y festivos. Se ofertan también visitas guiadas con expertos que te detallan la historia del metro de Madrid, mientras disfrutas de esta expedición bajo suelo que te transporta en el tiempo.

chamberiNada más bajar las escaleras accedes a las taquillas de hierro forjado verde aceituna que abofetean tu imaginación hasta despertar todos y cada uno de tus sentidos. Carteles con los precios y ejemplos de enormes billetes antiguos, te recuerdan el perpetuo paso del tiempo. Estos ejemplos de papel fueron un regalo que por sorpresa llegó a manos de sus restauradores, después de sobrevivir medio siglo sepultados bajo tierra.

Los carteles de dirección de la Línea 1, a la que pertenece esta estación desde su inauguración por Alfonso XIII el 17 de octubre de 1919, están pintados a mano y aguantan estoicos los años que se le han echado encima. Son verdaderas obras de arte, frescos de la historia del transporte que hoy se guardan a buen recaudo bajo la Plaza de Chamberí.

A tu derecha, con letras hechas como con escuadra y cartabón, te encuentras el cartel indicativo que has de bajar las escaleras si quieres encaminarte a Vallecas. Y de frente has de seguir si viajas hacia Tetuán, final de línea en el momento que se cerró esta estación en el año 66. Dieciséis paradas de metro dijeron adiós al metro de Chamberí cuando cerró sus puertas por una ampliación de andenes que imposibilitaban su usabilidad por estar en curva y demasiado cerca de las paradas contiguas.

Chamberí formó parte de las primeras ocho. Junto a Cuatro Caminos, Ríos Rosas, Martínez Campos, Glorieta de Bilbao, Hospicio, Red de San Luis y Puerta del Sol fueron las primeras estaciones con las que contaba el suburbano que ha servido de ejemplo a tantas ciudades en el mundo. Cuatro kilómetros de línea que serían la principal arteria bajo tierra de la ciudad.

Su repentino cierre el 22 de mayo del año 1966 dio lugar a un montón de cábalas que juegan con la imaginación de los más escépticos. Pese a la explicación de su ubicación y diseño en curva, muchos se sintieron insatisfechos y buscaron lo paranormal como respuestas a este hecho. Se comenta que no fue un cierre al uso, ya que no retiraron absolutamente nada de sus andenes. Los carteles, las papeleras, e incluso periódicos y billetes usados no fueron reciclados para terminar con la vida de la estación.

Chamberí fue simplemente abandonada rauda y veloz, como si la persiguiese la Santa Compaña.

Es cuanto menos curioso, que al cerrar esta estación no se deshiciesen del mobiliario y se limitasen tan solo a tapiarla dejando encerrada toda la historia perenne bajo el asfalto de la ciudad.

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Por ello, muchos viajeros se pegaban a los cristales para intentar vislumbrar a los eternos espíritus que se decía habitaban sus andenes. Seguramente, alguna de sus visiones fueran ciertas, aunque tales espíritus no fueran Rubén Darío, Tirso de Molina, Velázquez, Colón, Quevedo, como afirma las historias populares, sino meros vagabundos que se resguardaban bajo los techos de la estación abandonada, y a los que accedían por los andenes de las estaciones cercanas. Las ilustres y místicas reuniones no se han constatado pero sus nombres permanecen vivos en otras paradas de metro que hoy existen en la capital.

Lo que sí es cierto es que esta estación acogió sufrimiento y desolación de los madrileños mientras vivían los incesantes bombardeos de la capital durante la Guerra Civil.

Chamberí sirvió de refugio como si de un búnker se tratase, y que, a buen seguro, libró de una muerte injusta a unos ciudadanos que sufrían mientras sus calles estallaban ante la inmundicia del ser humano con ansias de poder.

La historia se guarda con llave en nuestra retina y reaparece incesante mientras te adentras en este rincón impertérrito al paso del tiempo.

Antonio Palacios fue el encargado de diseñar el interior para evitar una sensación de atrapamiento bajo tierra. Su misión era ofrecer una amplitud visual combinada con luminosidad, para eludir el agobio a todas aquellas personas que viajarían por primera vez en su vida bajo tierra.

Sus paredes curvadas cubiertas por azulejo biselado blanco junto a un lucernario en el pasillo fueron la solución perfecta a ese problema. Unos enormes carteles anunciadores de cerámica con encintado ocre y azul decoran sus paredes como si de un museo subterráneo se tratase. Su maravillosa y delicada calidad mezcla a las marcas locales compitiendo con otras internacionales. Jabones Gal, Longines, Almacenes Rodríguez, torrefacto La Estrella o Lámparas Philips son algunos de los que se muestran en este magnífico lugar alejado del estruendo de la ciudad.

La tenue luz de unas bombillas de menos vatios de lo habitual y el silencio cortante que sólo se ve interrumpido cada vez que pasa un metro, hacen que se estremezca tu interior.

Un escenario perfecto para fabricar historias que han avivado la imaginación del ser humano durante años y que hoy forman parte de la cultura popular.

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Espíritus subiéndose a trenes, vagabundos durmiendo en sus andenes y grafitteros estropeando los antiguos anuncios son algunos de los vestigios que quedan en la memoria de muchos madrileños, hoy borradas a base de “chapa y pintura” por el ayuntamiento hasta conseguir devolver a esta estación su aspecto inicial.

Un sosegado paseo por el andén mientras observas con detenimiento la calidad gráfica de sus anuncios sobre sus alabeadas paredes, te amplian el concepto de arte.

Antes de ascender a pie de calle y regresar al siglo XXI, un último detalle. Para que se abras los rústicos torniquetes, has de pisar la plancha de metal. Un arcaico sistema que te invita a tirar los billetes usados en el lateral de las puertas.

La visita de la estación de Chamberí es breve, pero no por ello decepcionante. Es un recorrido por el pasado en un escenario real.

Una mística unión con la ciudad de Madrid, que deja en tu mano la fusión espiritual con esas almas que un día tuvieron cuidado de no introducir el pie entre coche y andén.

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